Hacienda de Los Morales

Hacienda de Los Morales

Hacienda de Los Morales: un viaje desde el siglo XVII hasta tu mesa

¿Alguna vez has caminado por un lugar y sentido que el tiempo se detiene? Eso te pasa cuando llegas a la Hacienda de Los Morales. Este rincón en pleno corazón de la Ciudad de México tiene una historia que arranca allá por el siglo XVII, cuando era una enorme propiedad dedicada al campo y a la ganadería. Imagínate: hace más de 300 años ya había gente viviendo, trabajando y festejando en estos mismos terrenos que hoy puedes visitar tú.

De hacienda colonial a ícono de Polanco

Originalmente, la hacienda formaba parte de una enorme extensión de tierra que incluía lo que hoy conocemos como Polanco, Lomas de Chapultepec y hasta parte de Anzures. Con el paso de los siglos fue cambiando de dueños y de uso, hasta que a mediados del siglo XX se transformó en el restaurante que hoy todos conocemos. Eso sí, conserva su arquitectura original: patios empedrados, fuentes coloniales, corredores con arcos y esos jardines enormes que te invitan a olvidarte del tráfico de la ciudad.

¿Qué te encuentras hoy?

Lo que empezó como una propiedad agrícola hoy es un complejo gastronómico y de eventos de los más famosos de México. Puedes ir a desayunar, comer, cenar o hasta celebrar tu boda rodeado de historia. Te recomiendo llegar con tiempo, caminar por los jardines y detenerte en alguna de las fuentes. Esa pausa bien vale la pena.

La experiencia culinaria: el alma de la hacienda

Y vamos a lo que seguro te preguntarás: ¿qué se come ahí?

La cocina de Los Morales es de esas que mezclan lo mejor de la tradición mexicana con un toque elegante. Vas a encontrar desde cortes de carne premium (su especialidad, la verdad sea dicha) hasta platillos clásicos como el cabrito al pastor, las enchiladas suizas, los chiles en nogada (en temporada) y unas tortas que son leyenda entre los chilangos. Si te late lo dulce, no te puedes perder el flan de la abuela o el pastel de tres leches, ambos perfectos para cerrar una comida larga y placentera.

Acompaña todo con una margarita o un mezcal de su carta, siéntate en la terraza bajo un toldo y entiende por qué este lugar ha sido favorito de familias, políticos y artistas durante décadas.

¿Por qué tienes que ir al menos una vez?

Porque no es solo un restaurante: es un pedacito de historia viva donde puedes comer rico, tomar algo tranquilo y sentir que, por un rato, volviste unos siglos atrás. Si nunca has ido, este es el momento. Y si ya conoces, sabes perfectamente de qué te hablo.